América Latina está votando a la derecha. Eso dicen.
Suena elegante. Suena histórico. Hasta parece el inicio de una nueva era.
La realidad es mucho más simple: la gente se hartó.
Se hartó de gobiernos que prometieron justicia social y entregaron inseguridad. Se hartó de escuchar discursos sobre el pueblo mientras el pueblo seguía pagando más por vivir peor. Se hartó de líderes que hablaban de igualdad desde el privilegio del poder. Se hartó de que cualquier crítica fuera respondida con la misma cantaleta: «es la derecha», «es la prensa», «es el neoliberalismo», «es el pasado».
Qué conveniente.
Argentina no votó solamente por Javier Milei. Votó contra años de inflación y un modelo económico agotado. Ecuador no despertó enamorado de la derecha; despertó cansado de la violencia.
Chile comenzó a cambiar cuando la seguridad dejó de ser una promesa y se convirtió en una exigencia. Colombia siguió el mismo camino. Cada elección tuvo sus propias razones, pero todas compartieron el mismo detonante: el desgaste.
Por eso hablar del regreso de la derecha resulta una explicación demasiado cómoda. Lo que realmente regresó fue el voto de castigo.
La gente no salió a defender una ideología. Salió a cobrar una factura.
Ese es el verdadero mensaje de las urnas.
La izquierda confundió respaldo con lealtad, programas con gratitud y popularidad con permanencia. Creyó que el poder le pertenecía y olvidó que, en democracia, el poder siempre está prestado.
Ahora la derecha celebra. Está en todo su derecho. Lo que no debería hacer es creer que esos votos le pertenecen.
Gobernar sobre el hartazgo es mucho más difícil que hacer campaña sobre él. Prometer seguridad, crecimiento económico, menos burocracia o un Estado más eficiente resulta sencillo desde la oposición. Cumplirlo desde el gobierno es otra historia. Porque el ciudadano que hoy aplaude será el mismo que mañana castigará si descubre que las promesas también terminaron archivadas.
Ahí es donde el poder suele jugar la misma broma una y otra vez. Quienes llegan prometiendo cambiar el sistema terminan administrándolo. Quienes criticaban los privilegios descubren que también son cómodos. Quienes aseguraban tener todas las respuestas empiezan a ofrecer las mismas excusas.
Y entonces el péndulo vuelve a moverse.
México tampoco está exento. Hoy el oficialismo mantiene una posición privilegiada, pero la historia reciente de América Latina deja una advertencia muy clara: ningún gobierno es inmune al desgaste y ningún capital político dura para siempre. Todos terminan enfrentando el mismo examen: los resultados.
La izquierda ya aprendió esa lección.
La derecha haría bien en no olvidarla.
Porque el ciudadano latinoamericano cambió. Perdió el miedo a castigar en las urnas y entendió que ningún proyecto político tiene garantizada la permanencia.
La pregunta ya no es si la derecha ganó América Latina.
La verdadera pregunta es cuánto tiempo tardará en creer que esta vez el péndulo dejará de moverse.
Yo soy Pedro Ferriz Híjar.
Hagamos historia.
